Con Información de Zona Ikoots.
En tiempos antiguos, dos hombres de San Mateo del Mar emprendieron un viaje hacia Juchitán. Al llegar, encontraron un gran alboroto: un grupo numeroso de personas intentaba sacar unas campanas enormes que habían quedado atrapadas en un profundo hoyo en la tierra.
Cuando los juchitecos vieron pasar a los dos hombres ikoots, los detuvieron y les suplicaron que los ayudaran. Pero al ver que se negaban, los amenazaron: “Si no las sacan, perderán la vida”.
Ante aquella presión, los hombres de San Mateo del Mar aceptaron.
Pero lo que los juchitecos no sabían era que los dos ikoots eran Monteok’s se acercaron a las campanas, miraron hacia el cielo… y entonces formaron nubes. En cuestión de segundos, un viento fuerte del sur empezó a soplar, y cayó una lluvia intensa que obligó a toda la gente de Juchitán a correr a refugiarse.
En medio de la tormenta, mientras todos huían, los dos hombres levantaron milagrosamente las campanas —las mismas que decenas de personas no habían podido mover— y ascendieron con ellas montados en una nube.
La gente, atónita, solo pudo mirar cómo se alejaban rumbo a San Mateo del Mar.
Cuando la campana llego al pueblo los ikoots, quedaron cautivados por su sonoridad, la cual se escuchaba a cuarenta kilómetros a la redonda. Sin embargo, en una noche oscura y tempestuosa, los de Juchitán volaron hacia San Mateo del Mar para robar el preciado objeto.
Bajo un silencio profundo, burlaron el sueño de los guardianes y emprendieron el vuelo con el botín. Pero, en el colmo de su alegría, cometieron un descuido: el badajo golpeó el bronce en pleno aire. El tañido inesperado sobresaltó a los huaves, quienes despertaron enfurecidos. De inmediato, una legión de naguales salió en persecución de los juchitecos, alcanzándolos pronto para entablar una feroz batalla en las alturas.
Al final, la fuerza superior de los naguales huaves se impuso, recuperando la campana que hasta la fecha custodian con celo en San Mateo del Mar, donde sus vigías aún duermen en lo alto del campanario.