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miércoles, diciembre 2, 2020

De los requisitos de ingreso a las Velas juchitecas

Escenario Político

Gubidxa Guerrero

La esencia de una comunidad está en su cultura. Las costumbres y normas que se van transmitiendo de generación en generación desde hace cientos de años brindan a las personas un sentido de pertenencia.

Los zapotecas compartimos miles de elementos culturales que nos diferencian de otros pueblos originarios. Pero al interior de nuestra nación, tenemos particularidades regionales o locales que dan a cada lugar un carácter especial.

Si bien las fiestas nocturnas en honor a un sitio sagrado, a un oficio o a un santo son compartidas por decenas de pueblos, en Juchitán han adquirido una vistosidad y renombre sobresalientes. Artesanos y comerciantes, profesionistas y amas de casa, pintores y músicos, ricos y pobres, hombres, mujeres, muxes y nguiu’, todos participan de estas celebraciones que son la antesala de la temporada lluviosa. Y es que, en última instancia, es a las fuerzas de la naturaleza que nos brindan el sustento a lo que dedicamos nuestras fiestas.

La Velada (o Vela, como popularmente se conoce) forma parte de un ciclo festivo anual que puede abarcar diversos momentos solemnes como la entrega del baúl (que simboliza el cambio de Mayordomía), la procesión, la labrada de cera, la Misa, la regada de frutas, la lavada de ollas, etc. Todo ello organizado por un grupo de personas prestigiadas constituido en Sociedad. Las auténticas Velas no son fiestas ocasionales o improvisadas, sino parte de un complejo ritual encaminado a reforzar los lazos comunitarios entre distintos sectores de la población.

La forma en que se realizan estas fiestas ha ido evolucionando. Una Vela juchiteca de principios del siglo 21 es distinta a una de mediados del siglo 19. No obstante, el sentido de algarabía y pertenencia se mantiene. Anteriormente las mujeres usaban falda de ‘enredo’ y marcaban el compás de los sones con una mascada; en el mejor de los casos llevaban huaraches, pero lo más común era verlas descalzas ataviadas con prendas de oro elaboradas por habilidosos orfebres. Los varones acudían con ropa de manta, según se estilaba en la época. Los muxes, cosa interesante, tenían su propia vestimenta, que los distinguía de hombres y mujeres: pantalones más ajustados, camisas de media manga, joyas y flores en el cabello. Ahora, las damas acuden vestidas con el traje regional de la mujer istmeña, que incluye finos bordados y olán, además de incorporaciones como zapatillas. Los varones van de pantalón obscuro y camisa blanca, que puede ser guayabera yucateca o una prenda de manta, de las que elaboran nuestros hermanos zapotecas de Valles Centrales. Todo se ha ido incorporando paulatinamente, siendo la comunidad la que tácitamente decide qué admitir y qué no.

Sin embargo, algo está sucediendo en los últimos años; un fenómeno que puede afectar la manera en que realizamos nuestras fiestas tradicionales. Las empresas cerveceras, nacionales y extranjeras, están tomando el control de las festividades. Lo que hace apenas unas décadas comenzó como hábito promovido por esas grandes transnacionales, se ha ido generalizando: el ingreso a las Velas con un cartón de cervezas al hombro, a manera de «cooperación» para la fiesta. En lugar de la ayuda para la elaboración de la enramada o el adorno del lugar, miles de hombres han adoptado como «costumbre» comprar cervezas y obsequiarlas a los anfitriones. Esto no es casual ni natural. Este acto es resultado de una estrategia comercial muy bien pensada, que tiene la finalidad de multiplicar las ventas y aumentar las ganancias a costa de promover el alcoholismo en la región.

El problema ha estado ahí, relativamente oculto, perjudicando a la comunidad, haciéndole creer que abrir miles de cervezas por noche es una muestra de esplendidez. Sin embargo, en estos años ha adquirido un matiz riesgoso, pues no es un hábito o moda pasajera. Las cerveceras están presionando a las Sociedades de Vela a estipular como obligatorio la compra de un cartón de cervezas para ser partícipe de la fiesta. Las tradiciones se están convirtiendo en un simple mecanismo para vender más. Y esto también forma parte de la estrategia comercial que inició hace muchos años y que tuvo como uno de sus principales objetivos volver dependientes a las Sociedades ancestrales.

En lugar de la enramada, la cervecera pone el stand; en lugar de bancas largas, la empresa presta las sillas; en lugar de una banda de viento, la cervecera paga a uno de los grupos musicales que amenizarán la noche. A cambio, exige exclusividad en la venta de cervezas (lo que hace que sus ganancias superen, por mucho, la inversión) y, lo que es peor, intenta volver obligatorio el ingreso con un cartón de cervezas, aunque el invitado no sea bebedor. Desafortunadamente las Sociedades están cediendo a las presiones de estas empresas y varias de ellas ahora estipulan como «riguroso» el ingreso con un cartón de cervezas.

Este es sólo un ejemplo de la manera en que una población puede ser sometida a los dictados de cierta corporación con una sencilla fórmula que le quita poder de decisión a los miembros distinguidos de la comunidad, volviéndolos sus promotores involuntarios. Es curioso ver cómo algunas Sociedades que antes imponían condiciones a las empresas, ahora obedecen dócilmente a sus ejecutivos.

Sería mejor que en lugar de prohibir la entrada sin un cartón de cervezas o a los «hombres vestidos de mujer», los miembros de las Sociedades de Vela promovieran los sones tradicionales, haciendo que una banda de viento alterne con un conjunto moderno para que las bellas juchitecas luzcan sus trajes al compás de un son istmeño. Sería bueno que en lugar del alcoholismo, promovieran el consumo de aguas naturales, como se hacía antes, para no tener que lamentar las consecuencias de una población cada vez más embrutecida. Sería magnífico que en lugar de obedecer los dictados de los gerentes de venta de las multinacionales cerveceras, nuestros ‘principales’ promovieran los valores zapotecas del respeto y la solidaridad para, entonces sí, cumplir fielmente con la tradición.

Ojalá que la sociedad juchiteca en su conjunto tome conciencia de esta situación. No se trata de prohibir el consumo de bebidas embriagantes. Se trata de no fomentarlo haciendo parecer tradicional algo que no lo es. Se trata de no hacerle el juego a los grandes beneficiarios económicos de nuestras festividades en detrimento de la niñez y la juventud zapotecas. Y se trata, también, de respetar a nuestros hermanos muxes, que son parte fundamental en la realización de la fiesta.

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1 Comentario

  1. Me gustaría que alguien que asiste asiduamente a éstas festividades y es consumidor del alcohol que en ellas se reparte, comentara al respecto. En mi opinión, para que tomen conciencia, tendrían que aceptar que tienen un problema con el alcohol. Pero si en una persona es difícil, en una región completa es prácticamente imposible. Ahí simplemente es algo normal y punto.

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