«LA GUERRA DE GUIENGOLA»

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«La Boda de Cosijoeza y Coyolicatzin»

3A. Y última parte.

Entendiendo Ahuitzotl, que no podía vencer al monarca zapoteca en el honor de la nación zapoteca, llamó al Consejo a los reyes de Texcoco y Tacuba, con quienes formaba la Triple Alianza y les explicó que los soldados aztecas estaban disminuyendo y perdiendo la guerra, tanto por los estragos que les hacían los enemigos, como por las enfermedades y que nada lograba a la fuerza, pedía el consentimiento de sus aliados para buscar el camino de las negociaciones, proponiendo a Cosijoeza la paz bajo condiciones ventajosas.

Los embajadores mexicanos partieron raudo y veloz, a entrevistar al monarca zapoteca, a quien le dijera «Dios os guarde, valiente y afortunado guerrero; de parte de mi rey os vengo a proponer la paz. Convencido de vuestra pericia militar y de vuestro valor a prueba, os ofrece en prenda de amistad duradera la mano de las bellas de sus hijas; aceptad, señor, esta proposición y este presente que consiste en un tambor y una rodela de oro, y cree siempre respetará vuestro dominios y vuestra conquistas, hechas en el campo del honor y en justa represalia».

Situado Cosijoeza en la futura capital del reino de Tehuantepec, llegó a su oídos que Ahuitzotl estaba interesado en su matrimonio con la más bella de sus hijas.
Y aquí comienza la leyenda de un matrimonio.

Bañabase una mañana del mes de enero el Rey Cosijoeza, en unos manantiales de agua muy clara que se encuentran antes de llegar a Tehuantepec, entre una frondosa arboleda, lugar que por su admirable belleza, su rincón de paz y armonía con la naturaleza y dulce recreación que proporcionan a todo el que la visita se le llamaba «Charcos de la Marquesa», en zapoteco tehuano lo conocemos como Niza Rindani, y que está situado cerca del pueblo de Laollaga, a unas siete leguas al norte de Tehuantepec, cuando repentinamente se le aparece una mariposa, que la contactó con el agua, se transforma en una bella moza de rara belleza, de gran garbo y gran gentileza que lo deja subyugado y sorprendido.

¿Quién Solís, hermosa niña, y qué queréis de mi poder?.

¡Feliz mortal indómito caudillo! Soy Coyolicatzin, la hija más querida del Emperador Ahuitzotl elegida por él para casarme contigo; prenda de tu fama cuyos ecos resuenan en las selvas y montañas, y sintiendo en mi pecho arder el fuego del amor, deseando conocerte, pedía los Dioses y a mis encantadores con fervoroso ruego me condujesen ante tu presencia.

Los numenes propicios me ampararon:-primero mitigaron- la pasión el sufrimiento odioso;- después en blanca nube me envolvieron- amantes me dijeron:- vas pronto a ver a tu futuro esposo».

«En éxtasis divino sumergida-sentí que extraña vida, llena de mi se apoderaba-rauda cruce campiñas deliciosas-y montañas fragosa,-cuyo suelo mi pie jamás hollaba».

«Y he caminado en el vacío, llegue al cauce de este río cerca de este sitio, entra allí, me dieron con ternura,-que de allí tu ventura-encontraras el cariñoso objeto»

«Penetre a este lugar, y enajenada-al verte, renovada-sentí de amor la llama adormecida.-Mi ojos en los tuyos se miraron,-y la esperanza hallaron-que en mi dolor consideré perdida».

«Cosijoeza aprisionado en las redes del amor, interrumpe así a la gentil doncella:
«Coyolicatzin, noble soberana-Princesa mexicana, que reina debes ser de la hermosura, bendigo de los Dioses la clemencia-que trae a mi presencia-al ser que dimana la ventura»

«Tu esclavo soy, prosigue; y si es mentira lo que mira o delira mi mente que benéfica recreas; y me halague un encanto misterioso ya un sueño delicioso,-hada ninfa o mujer, bendita seas»

«Pero estáis en el baño dueño de mi corazón», le dice la futura reina zapoteca, y quitándose los objetivos que tenía preparados para asearse, saco jaco jabón oloroso del que usaba su padre, y comenzó a echarle agua con una jícara de oro, y a lavarlo con sus propias manos. Ya ves repite el Rey con voz cariñosa y persuasiva». «Yo soy una mujer; te lo aseguro NO broté a tu conjuro,-de entre las aguas del sereno río-Del Anáhuac los Dioses me trajeron,-porque calmar quisieron-las ansias de mi amante desvarío».

Durante esta platica ambos príncipes concertan sus bodas. Yo le dice Coyolicatzín, quiero que sean suntuosas, cuál ninguna otras se hayan visto. «Y yo, contesta Cosijoeza, deseo que sea lo más pronto posible».

«Calma tu frenesí, y óyeme atento,-el mismo sentimiento de amor, que mi presencia te ha inspirado,-arde en mi pecho que por ti se inflama;-una misma es la llama, que en nuestros corazones ha brotado».

Siendo tu de mi padre el enemigo,-este amor que hoy bendigo, antes, te lo confieso, me espantaba,- porque voz misteriosa me decía: que nunca llegaría-a cumplirse la dicha que soñaba. «Pero mi padre cuyo nombre altera, casado de la guerra, su amistad poderosa va ofrecerte; si logras que ese don del Soberano-sellé yo con mi mano, de nuestro mutuo amor harás la suerte».

Cosijoeza sintió crecer tanto sus ilusiones, al oír de boca de su amada tales razones, que con vehemente acento le hablo de esta manera.

«Princesa», «Esclavo del amor que en mi encierra, doy terminada la guerra, que acepté del Monarca Mexicano, a quien libre de enojo y rencores, mandaré embajadores, con la paz y en demanda de tu mano.

«Así en grato silencio, y confundidos, de los latidos de amor con las miradas se juraron; y conservaron el cuerpo la pureza con celestial terneza, y las almas de los dos se acariciaron.

«Después Coyolicatzín anhelosa, cuál leve mariposa, en derredor se agita de las flores. Toma de allí la esencia delicada, que tiene en encerrada, y en el príncipe vierte sus olores.
Concluido el baño y la entrevista, la Princesa, al despedirse, le mostró en la mano un precioso lunar orlado de vello, diciéndole: Esta es la señal por la que tus embajadores podrán reconocerme en Palacio, pues pudiera suceder como mi padre, me quiere demasiado, se negará a entregarme; lo cual os advierto, porque experiencia que de un enemigo reconciliado y pérfido, ninguna lealtad se puede asegurar.

Los embajadores zapotecas acompañado de la nobleza fueron a pedir la mano de Coyolicatzín, las bodas se efectuaron en Tehuantepec, y…..aquella guerra de siete meses…..en donde murieron muchos soldados mixtecas y aztecas, fue olvidada, con la realización de este matrimonio, que procedió 5 hijos, y que cada uno de ellos se convirtieron en leyenda que perduran hasta la eternidad.

Fuente:
Revista Voz (la realidad del Istmo) 31 de agosto 2007.
Prof. MELESIO ORTEGA MARTÍNEZ.
Foto: colección del Prof. MELESIO ORTEGA MARTÍNEZ

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