José Manuel Santiago Reyes vive en el albergue del Tecnológico del Istmo hace hamacas para obtener recursos, pero ahora no sabe a dónde ir.

Faustino Romo Martínez.

Juchitán, Oax.- José Manuel Santiago Reyes es uno de los tantos juchitecos que con el terremoto del pasado 7 de septiembre perdieron sus casas, él vivía en la colonia Gustavo Pineda de la Cruz, pero después del sismo de magnitud 8.2 que azotó a Istmo, tuvo que resguardarse en el albergue que fue instalado en el Instituto Tecnológico del Istmo.

Ahora a dos meses ve incierto su futuro, pues dice temer a los temblores, no quiere regresar a lo que fue su hogar, porque sigue con la idea de que vendrá un sismo más fuerte y que tal vez este, si acabe con su vida.

José Manuel al igual que aproximadamente 30 familias más, se encuentran en lo que fuera el albergue, pues de manera paulatina los fueron abandonando, por lo que hoy no saben a dónde irán, ya no hay servicio médico, no hay agua potable, se llevaron la tortillería, la cocina comunitaria y ya solo quedan algunos elemento del ejército.

“Mi casita se cayó y estoy aquí porque no tengo donde quedarme, yo vivo solo, me salí de la casa porque mi papá no me quería, pero ahora estamos viviendo aquí, pero también me da miedo con los temblores, sigue temblando y todos piensan que vendrá un temblor más fuerte y nadie quiere irse, por eso me quedo aquí”, destacó.

Explicó que ante esta situación no le quedó de otra que ponerse las pilas y ponerse a trabajar, por lo que ahí mismo se dedica a elaborar hamacas.

“Yo ando tejiendo una hamaquita para sacar para una comida, para comer, pues esos cocineros ya se fueron y ahora quien va a dar la “papa”, pues no hay de otra hay que trabajar o no comemos. Yo pido que sigan apoyándonos, que vean como están las cosas en Juchitán, para algunos no es fácil, no tenemos donde vivir”, aseguró.

Comentó que con esta hamaca se gana doscientos pesos, pues el material se lo llevó uno de los soldados, pero normalmente para una hamaca de 5 kilos se tendría que gastar cuando menos cuatrocientos pesos, la cual sería vendida hasta en setecientos pesos.

“No hay de otra, haya que trabajar, cuando estaba la cocina nos daban de comer, pero ya se fueron y hay que “chingarle” y por eso me puse a darle para sacar algo para la comida, por eso estamos echándole ganas”, apuntó.

Finalmente dijo que ojalá las otras familias puedan hacer algo, sobre todo por los que tiene hijos, pues el Gobierno al parecer ya se cansó de ayudar y como dice el dicho, “el muerto y el arrimado a los tres días apesta”.

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