Por Gubidxa Guerrero

Mucho se habla en estas fechas acerca de la supuesta traición que habitantes de tehuantepec hicieron a la causa republicana durante la Intervención Francesa y el Segundo Imperio Mexicano.

gubiSiempre me ha parecido absurdo tratar de justificar el actuar de nuestros hermanos tehuanos en 1865-1866. Para ello, se niegan las simpatías del común de la población de la antigua capital del reino zapoteca en el Istmo, con el régimen imperial encabezado por Maximiliano de Habsburgo. Se resalta, por el contrario, el rol desempeñado, a favor de la República, por parte de los hermanos Cartas o del General Cristóbal Salinas, tehuanos todos; sin dejar de mencionar al militar del entonces barrio de San Blas Atempa, Francisco Cortés. Asimismo, se habla de la “traición” de algunos cuantos juchitecos o blaseños, para equiparar el papel que unos y otros desempeñaron.

gubi2Lo cierto es que no fue Remigio Toledo el único simpatizante de la causa Imperial en la región istmeña. No fueron “unos cuantos” tehuanos quienes se alegraron con la caída en desgracia de Juárez y de los poblados que los respaldaban. Podría atreverme a decir que la mayor parte de la gente de la ciudad de Tehuantepec se emocionó con ciertas victorias imperiales.

Maximiliano de Habsburgo otorgó la añorada autonomía istmeña por la que lucharon el juchiteco José Gregorio Meléndez (Che Gorio Melendre) y el tehuantepecano Máximo Ramón Ortiz trece años antes. Desconoció, a sí mismo, algunas leyes juaristas que facilitaron el despojo de innumerables pueblos originarios. ¿Cómo no apoyar al llamado Segundo Imperio si éste reconocía los derechos que el liberalismo juarista había negado?

No olvidemos que las diferencias entre Juchitán y el barrio tehuano de San Blas, con los restantes barrios de Tehuantepec se remontan a 1850, cuando Meléndez encabezó una insurrección contra el entonces gobernador del Estado de Oaxaca Benito Juárez. En esa ocasión, el futuro Benemérito de las Américas ordenó una feroz represión que culminó en un terrible incendio el 19 de mayo, en que perecieron cientos de juchitecos y, muy probablemente, varios blaseños.

A partir de entonces –salvo una momentánea alianza en 1852-1853– Juchitán, así como los barrios de San Blas y Xhihui, estuvieron en bandos antagónicos con respecto la metrópoli tehuana. Obviamente, a nivel de los liderazgos se daban posturas coincidentes, pero el encono de las comunidades era alentado por intereses superiores.

En la llamada Guerra de Reforma o Guerra de los Tres Años (1858-1860), entre liberales y conservadores, el divisionismo zapoteca fue alentado por Porfirio Díaz. Él mismo reconoció que el apoyo de Juchitán no se debía a sentimientos patrióticos, sino a la animadversión de este pueblo por Tehuantepec. Lo mismo anotó respecto San Blas, único barrio “amigo” entre todos los barrios tehuanos, según sus propias palabras.

Cientos de muertos, miles de pequeñas afrentas a nivel comunitario, definieron los bandos en la contienda regional. La Intervención Francesa no fue sino la continuación de la Guerra de Reforma. Los conservadores pensaron: si Juárez fue capaz de pedir ayuda a los norteamericanos, con armas, dinero y reconocimiento, aún a costa de la soberanía nacional (Tratado McLane-Ocampo), ¿por qué no pedir el apoyo de una potencia extranjera como la Francia de Napoleón III?

Los ‘patricios’, jóvenes idealistas y valientes de Tehuantepec y pueblos vecinos, devinieron en defensores del Imperio de Maximiliano. Los viejos guerreros al mando de Porfirio Díaz (recordemos que éste fue Gobernador y Comandante Militar del Departamento de Tehuantepec en 1858 y 1859) continuaron obedeciéndolo a la distancia. El blaseño Francisco Cortés y el juchiteco Pedro Gallegos, comandados por Díaz, dirigieron compañías que en noviembre del 59 derrotaron hábilmente a los conservadores en el Istmo, lo que le valió al joven Porfirio el ascenso a Coronel de la Guardia Nacional.

En 1865 el escenario dio un giro. Los conservadores (ahora llamados imperialistas) ocupaban la capital y tenían la iniciativa militar. Contaban, igualmente, con el apoyo decidido del Ejército francés y de otros contingentes europeos. Tehuantepec, naturalmente, cayó en poder de los conservadores-imperialistas ese mismo año, lo que para los habitantes fue una merecida revancha. En otras palabras, los viejos ‘patricios’ mandaban en la región, lo que no iba a ser aceptado por juchitecos ni blaseños (estos últimos, aunque formalmente eran un barrio de Tehuantepec, ya se distinguían política y militarmente del conjunto de barrios).

Las diferencias de 1850, 1854-1855 (revolución de Ayutla), 1858-1859, obviamente se vieron reflejadas en los años de 1865-1866. Los bandos eran casi idénticos. Las razones, en cambio, muy complejas. Lo lamentable de todo es que se mataban zapotecas con zapotecas en guerras iniciadas por otros. Las revoluciones mexicanas no eran sino un pretexto para las luchas de poder locales. Tehuantepec, sede de la Alcaldía Mayor en la época colonial y sede de la nobleza binnizá en tiempos prehispánicos, no podía permitir que una antiguo pueblo sujeto lo rebasara. Juchitán, no podía tolerar que la vieja capital étnica dejara pasar las afrentas de la “vallistocracia” hacia los zapotecas istmeños, tales como el despojo de las salinas costeras o los bienes comunales. Juchitán, quizás esperaba que, como el 22 de marzo de 1660, Tehuantepec encabezara la insurrección general. Al no suceder, se creyó obligado a tomar la iniciativa. El barrio de San Blas estaba enmedio: era el barrio más grande e importante de Tehuantepec y, por ende, creyó que debía ser secundado por éstos en su alianza con el pueblo de Juchitán. Pero no quisieron luchar. La causa de las salinas no era tan atractiva. Por tanto, los binnisamblá tuvieron que aliarse con los tecos, solos. Las consecuencias de esas decisiones se siguen resintiendo hasta ahora, cuando tecos, tehuanos y blaseños se burlan mutuamente; cuando unos acusan a otros de traidores, mientras otros señalan como diagalaga o gubanabuey a los de enfrente.

Si la guerra hubiese tenido otro desenlace, si el Imperio de Maximiliano hubiese predominado, los traidores en la Historia serían los tecos y blaseños, así como las poblaciones que los apoyaron.

Bien dicen que la Historia la escriben los vencedores. San Blas se independizó de su cabecera desde 1868; Tehuantepec fue rebasada económica y políticamente por la ciudad de Juchitán desde finales del siglo diecinueve. Mientras tanto, la gran nación zapoteca continúa dividida. Y esa división no se da ahora entre pueblos, sino entre habitantes de una misma comunidad. Por ello, debemos aprender a dar vuelta a la página. Porque sin unidad étnica, sin un reconocimiento de las virtudes de cada pueblo, seguiremos siendo títeres de intereses ajenos a nuestra estirpe zapoteca.

Que este cinco de septiembre sirva para reconocer una gran verdad: divididos, perdemos todos. Esa debe ser la gran lección. Ni los antiguos barrios tehuanos deben mantenerse desunidos, ni los viejos pueblos zapotecas de la planicie costera deben repelerse. Sólo la unidad hará grande a nuestra región. Sólo a partir de esa hermandad binnizá podremos recuperar nuestros derechos y podremos aspirar a un desarrollo pleno, a ese bienestar que soñaron nuestros abuelos cada vez que empuñaban el fusil.

Es mi humilde opinión.

¡Viva Tehuantepec! ¡Viva Juchitán! ¡Viva San Blas! ¡Viva Zaachila! ¡Viva Yalálag! ¡Viva la nación zapoteca!

*Fotos: Acto cívico realizado en la capital del Estado, en conmemoración del 150 aniversario de la batalla del 5 de septiembre de 1866.

*Reflexión escrita mientras espero el autobús Oaxaca-Juchitán. Lunes 5 de septiembre de 2016. 15:29 horas.

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