COORDENADAS DEL PODER.

Oscar Guerra/Politólogo. Twitter: @scarguerra

Con el anuncio de la muerte de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, el gobierno federal que comanda Enrique Peña Nieto, da por cerrado el caso. Así de fácil, así de simple. No habrá mayores consecuencias, apuestan a que el tiempo mitigue el dolor y nuble los hechos.

El presidente de la república ventila a los cuatro vientos que se hará justicia a los normalistas asesinados, cuando se sabe que no habrá más culpables porque el propio sistema se ha encargado de fincar todas las responsabilidades al presidente de Iguala, su esposa y a Guerreros Unidos.

Las investigaciones están hechas de tal modo que no involucrarán a ningún otro actor político importante, incluso cuando en el transcurso de estos días en el que estuvieron desaparecidos los estudiantes –porque ahora oficialmente están muertos- se supo de los nexos de la delincuencia organizada con la clase política en Guerrero.

La conclusión del gobierno ante estos monstruosos hechos nos parece inconcebible: los secuestraron, los mataron y los quemaron. Fin de la historia, según sus cálculos.

El mensaje es claro y contundente, ya no investiguen, ya no protesten, ya no busquen, ya no marchen, ya no insistan, ya no exijan, porque todo está dicho: todos están muertos, punto.

Este mensaje también es claro al afirmar que nada cambiará ante la putrefacción del sistema, ante la locura de la violencia, ante la depravación más absurda, ante la ruptura de la normalidad, pero sobre todo ante el crimen convertido en gobierno.

De lado de la sociedad y de los padres de los estudiantes normalistas el mensaje también es claro y contundente: mientras no se entreguen pruebas fehacientes de la muerte de los 43 jóvenes, ellos seguirán vivos. ¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos! Es la exigencia más fuerte.

Ante el descredito y la erosión de los tres niveles de gobierno ante estos horripilantes hechos, la clase política intenta controlar los daños y administrar el problema y con ello exige que la sociedad y los padres de los muchachos acepten el veredicto oficial.

Es muy probable que la verdad nunca se sepa, como es normal en este país, las familias de los estudiantes seguramente están conscientes que existe la posibilidad de que las autoridades nunca entregarán los cuerpos de sus hijos supuestamente muertos, por lo que jamás tendrán una morada final en donde visitarlos, en donde llorarlos y en donde recordarlos. La información de que todos fueron quemados, anula cualquier tipo de posibilidad de volverlos a ver y darles una sepultura digna.

Mientras el Estado mexicano insista en que todo se olvide, que todo quede en el pasado y que ya nada se podrá hacer para cambiar el curso de los acontecimientos, mientras la insistencia sea mayor, del otro lado, las voces que exigen justicia se multiplicarán, las protestas se incrementarán, el reclamo a tener un México en paz retumbará en todo el territorio nacional y más allá de la fronteras.

El sistema está tocando fondo, la sociedad demanda cambios verdaderos sin maquillajes, los ciudadanos reclaman un México en paz, un México próspero, un México en donde nuestros hijos no sean asesinados por pensar diferente a la postura oficial, en fin, un México sin violencia, sin corrupción, sin impunidad, pero eso al parecer es un sueño lejano, un anhelo perdido, una utopía. En la mano de todos está el hacerlo realidad.

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