Silvia Marin/ La Teca de Oro

Na Lorenza, una mujer mestiza de mi pueblo, tenía la elegancia mística de hablar con lo divino.

La conocí con la visita de la muerte de la bisabuela, yo tenía casi seis años, edad suficiente para grabarme sensaciones y olores para siempre. Ella olía a sahumerio, usaba trenzas con listones discretos, así como su atuendo clásico y elegante, usaba una mantilla oscura de encaje y siempre de huaraches que marcaban un ritmo parsimonioso en su andar, yo la pensaba como una virgen terrenal, cuando conocí a Sta. Lucía Virgen en Huamelula, Oaxaca, pensé que se habían inspirado en Na Lorenza para reproducir a aquella doncella mártir.

Na Lorenza, sabía mucho de la vida, tal vez por su cercanía con la muerte, fue compañera fiel de cientos de familias que perdieron a su ser querido, ahí estuvo ella, estoica, abriendo su mantilla para arropar al doliente.

Un día, al terminar el último rezo del Xhandú (Todos Santos) de mi tía bisabuela, comentó que la noche anterior, había visto una multitud en la calle, las personas traían cargando panes, tamales, dulces, jícaras repletas de frutas, iban contentos, jubilosos, pero, hasta atrás venía una viejecita, con un platito de barro con dulce de calabaza, triste, pero alcanzó a escuchar su lamento “solo esto dejaron”.

“Yo los vi, ellos llegan, cuiden de tener agua por el viaje, incienso para aromatizar su xquenda, flores, veladores que muestren el camino”, concluyó ella emocionada, buscando en nuestros ojos un poco de credibilidad.

Tiempo después, se marchó Na Lorenza, pero esa anécdota la tengo guardada en el corazón, así que cuando en estas próximas fechas estoy ahumando la casa con copal o incienso, inevitablemente pienso en ella y le digo, “Na Lorenza, ya tengo todo lo que nos dijiste”.

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