JUCHITAN

Marabunta y el Libro Centroamericano de los Muertos, de Balam Rodrigo, en El Ocote.

Jorge Magariño

Dice Esteban Ríos:
“En este viaje incierto los guías son los poetas Roque Dalton, Otto René Castillo y el político Francisco Morazán. Con tinte rulfiano: “Vine a este lugar porque me dijeron que acá murió mi padre en su camino hacia Estados Unidos”, el migrante cuenta su historia de horror y miseria, que huyendo del odio y la podredumbre encontró la muerte en el Suchiate y hoy es un fantasma que despierta miedo a otros migrantes. La prostitución forzada y la violación son realidades crueles que viven las mujeres migrantes, carnes para una jauría que busca saciar su lujuria manchando la dignidad de muchachas vendidas por otros migrantes, y a veces por los mismos familiares”.

Y con estas palabras se refiere al Libro Centroamericano de los Muertos, que se presentó en Casa El Ocote, el pasado fin de semana, aquí en el Juchitán que abre sus brazos a la Semana santa y sus visitas a los panteones, la música y los tamales de iguana, la cerveza, mientras se recuerdan pasajes familiares o anécdotas de los parientes idos.

El Libro… y Marabunta, los volúmenes más recientemente editados del poeta chiapaneco Balam Rodrigo, forman parte de una trilogía que aborda el tema de la migración, del drama que viven y mueren los centroamericanos que atraviesan sus países y el nuestro, en la búsqueda de mejores condiciones de vida para ellos y su familia, en un afán por dejar atrás la violencia, los asesinatos, la miseria.

Sigue diciendo Esteban: “En el atado de espigas que son los poemas del libro Marabunta vamos encontrando las primeras semillas de la rabia y la frustración de ser un desposeído, cuando se afirma que “Dios está de nuestro lado: Él tampoco necesita pasaporte”, así como se escupen las interrogantes “¿Tengo acaso país, me envuelven las ropas de alguna patria/ o es capaz de sujetarme alguna frontera con sus límites? ¿Acaso me pertenece alguna tierra para que diga ‘esta heredad es mía’?”.

Dolor y rabia, extremos de una cuerda que se tensa, nos tensa y nos conduce al vertedero del llanto, a la desesperanza, al recuerdo de La Bestia, esa “espina dorsal mecánica” que atraviesa este país, y su carga de migrantes, presas de cazadores con diverso oficio, presas de la discriminación, presas de metálicas fauces que les devoran piernas, manos, brazos y sueños.

Dolor y rabia, digo, que pueblan los versos de Balam Rodrigo, signos de la trashumancia de quienes no puede perder nada, porque nada tienen. Porque en el camino son vejados, robados, ignorados, violadas, secuestradas para luego ser vendidas en prostíbulos.

No obstante, la fácil dramatización del tema no le gana la mano al poeta nacido en Villa de Comaltitlán, hace cuarenta y cuatro años. La poesía mantiene su señorío, no obstante pasajes descriptivos necesarios, no obstante las maldiciones proferidas por las voces de guatemaltecos, hondureñas, nicas. Balam siempre nos sale al paso para recordar que entre las líneas tropicales habitan las garras del jaguar poeta.

Ganador de múltiples lauros, el chiapaneco obtuvo el año pasado el Premio Nacional de Poesía “Aguascalientes”, justamente con el Libro Centroamericano de los Muertos, luego de lo cual se han producido alrededor de cincuenta presentaciones en diversos lugares, estados y países.

Un libro que, incluso, no ha sido presentado por instituciones oficiales, por lo árido y fuerte del tema, que desprende lanzas en contra de las autoridades gubernamentales y nos lanza piedras a la memoria y a la indiferencia de no pocos, que se rasgan las vestiduras por problemas lejanos y se esconden bajo las faldas de la desvergüenza.

Los libros fueron presentados en El Ocote, por Esteban Ríos y este escribidor, el pasado viernes, en una jornada cultural que incluyó la participación del grupo de música prehispánica Guiribidxi y la inauguración de la muestra de lo más reciente de la producción del artista plástico juchiteco Julián López Tayán.

La sorpresa de la noche fue la banda filarmónica de Cosijopi, que de la nada surgió entonando las mañanitas para el cumpleaños del anfitrión Heinz Schaub. Café, horchata y tamales de salsa verde, llenaron la fresca noche ocotera.

A continuación un par de fragmentos del Libro Centroamericano de los Muertos.

De: 16°07’12.1″N 93°48’11.7″W — (Tonalá, Chiapas)

Antes de caer, Pablo me contó este sueño:
Veía yo a Roque Dalton levantarse de entre los vivos
y venir de nuevo al mundo de los muertos.
A su diestra, el Mágico González driblaba a la muerte
y le hacía la “culebrita macheteada”
pateando cabezas decapitadas de pandilleros cuscatlecos,
haciéndole tremendo caño entre las piernas.
El estadio Flor Blanca estaba lleno, había un velorio inmenso
donde la muchedumbre velaba a los migrantes muertos.
Sé que Dios juega futbol allá en el cielo.
Pero aún no quiero estar en su equipo.
Me quedaré esperando en la banca
hasta que me llamen, sonriendo,
mi amigo Pablo y el Mágico González
para jugar con ellos.
De: Oración del migrante
No quiero ya que me levanten.
Nunca levantarme,
que nadie más me levante.
Las sábanas que cubren mi rostro
no son blancas, están teñidas de sangre.
Llévense mi cuerpo en andas, hasta Honduras.
Llévense mis lágrimas, mi cuerpo a lomo de ataúd.
Llévense mis huesos negros y entiérrenlos en Tegus.
No quiero que vuelvan a levantarme, padre.
No quiero que regresen a levantarme, madre.
No quiero ser levantado. Díganles que no estoy.
Nunca me levantes, padre.
Nunca me levantes, madre.

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