Gubidxa Guerrero

De pronto los medios de comunicación dejaron de hablar de José Manuel Mireles, el líder de las autodefensas michoacanas que puso en jaque al crimen organizado en el Estado de Michoacán. Ya no más violaciones a los derechos humanos del médico guerrero, ya no más falta de insulina ni vejaciones. No más rapadas de cabello.

            Lo que inundó los titulares de los grandes medios de comunicación fue el “rescate” de seiscientos bebés, niños y jóvenes de las garras de una viejita llamada Rosa del Carmen Verduzco, a quien todos conocían como Mamá Rosa.

            Ella también es michoacana, como el doctor Mireles, y gozó durante mucho tiempo de la amistad de políticos y empresarios importantes. Ella, al igual que el médico de Tepalcatepec, se encargó se realizar las tareas que al Estado Mexicano le correspondía: cuidar a cientos de niños sin padre, encargarse de brindar techo y comida a pequeños que nadie quería ver en las calles de Michoacán.

            Mamá Rosa es de Zamora, ciudad conocida en todo el país por su conservadurismo. Baste mencionar que de esta misma población era Martha Sahagún, ex primera dama en tiempos de Vicente Fox Quesada.

            Mediante el trabajo social logró relacionarse también con grandes intelectuales como el historiador Luis González y González, mentor del más mediático Enrique Krauze.

            Si en un hogar de siete miembros puede pasar de todo, ¿qué no puede dejar de suceder en un albergue con seiscientas personas? Sin en escuelas pequeñas, con decenas de profesores y un horario de cinco horas, se viven graves episodios de violencia (conocidos como bullyng), ¿qué actos no podían cometerse en este espacio? Si en iglesias de distintas confesiones se padecen abusos sexuales, ¿qué riesgos no se corre en una casa donde conviven seiscientas personas de distintas edades y procedencias?

            Pero muchas de las buenas conciencias que hoy ponen el grito en el cielo, jamás han movido un dedo para procurar un mejor destino a cientos de pequeños que de no ser por Mamá Rosa vivirían debajo de un puente peatonal u hoy estarían muertos. Pocos de los que se prestaron al linchamiento mediático orquestado fríamente por el gobierno de Enrique Peña Nieto, conocieron el funcionamiento cotidiano del albergue denominado La Gran Familia.

            Con saña se humilló de la peor manera posible a la octogenaria mujer que vivió junto con los suyos. ¿A qué venía el espectáculo? Es una grandísima coincidencia que en momentos en que el caso del doctor Mireles tomaba fuerza mediática, el gobierno federal “descubriera” lo que pasaba en Michoacán.

            Políticos de todos los partidos apoyaron a Mamá Rosa: panistas, perredistas y, por supuesto, priístas. Las élites pudientes zamoranas también lo hicieron. Pero pareció más útil a las altas esferas del poder nacional verla detenida y humillada, con tal de distraer a la opinión pública.

            Si Mamá Rosa tiene cuentas que saldar con la justicia, que así sea. Pero que no se utilicen todas las herramientas del poder para defenestrarla. Ya ni a los más grandes capos de la droga se les ha tratado así. Ya ven: La Tuta sigue libre.

            Ojalá llegue el día en que no haya necesidad de Mamás Rosas, porque el gobierno haya asumido su papel en la salvaguarda de la vida y el honor de los niños sin hogar de este país. Mientras tanto, el que esté libre de pecado… 

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