columna: escenario político.

Gubidxa Guerrero

 

Cuando la masacre de los palestinos por parte del poderoso ejército israelí estaba a punto de alcanzar las dos mil víctimas mortales; cuando el mundo comenzaba a repudiar al unísono la “guerra” brutal contra Hamas, llamando a los ataques contra la población civil por su verdadero nombre: crímenes de guerra; cuando, como nunca antes, tomaba fuerza la campaña de boicot contra los productos israelíes, que varios intelectuales han propuesto como medida pacífica para sancionar sus políticas belicistas, apareció el Estado Islámico de Irak y el Levante.

            Este grupo terrorista es un remedo de Al Qaeda, organización financiada en sus inicios por Estados Unidos de América, cuyo dirigente, Osama Bin Laden, tuvo tratos directos con la cúpula militar norteamericana.

            Y es que en la década de los ochentas, los yihaidistas afganos (que no son étnicamente árabes) combatieron en contra de la ocupación soviética. En plena guerra fría, a los yanquis no les importó apoyar a un grupo de terroristas radicales, con pertrechos y entrenamiento, con tal de que éstos combatieran a su enemigo de entonces: la Unión Soviética.

            Pero la URSS se derrumbó y los terroristas se convirtieron en el ejército Talibán. Los rusos fueron expulsados de Afganistán a un coste alto de vidas. Y entonces Al Qaeda, organización fundada por Osama, enfocó sus baterías hacia Estados Unidos, perpetrando los trágicos atentados del 11 de Septiembre de 2001.

            Aunque hay voces que afirman que los atentados fueron, si no orquestados, al menos permitidos por la misma Casa Blanca para justificar su política belicista del nuevo milenio, nos atendremos a las versiones oficiales: EE.UU. deseaba aniquilar a los extremistas.

            George W. Bush emprendió su ‘guerra contra el terrorismo’, lo que le dio carta blanca para invadir cualquier rincón del planeta bajo ese sencillo pretexto. Pero los planes no salieron del todo bien, y a pesar de que invadió Afganistán e Irak, sufrió un gran desgaste económico y mediático que le permitió a Barack Obama acceder al poder.

            Entonces vino la Primavera Árabe. Revueltas populares contra las dictaduras en Medio Oriente y en el norte de África. Los aliados de Washington fueron respaldados por éstos. Y sus enemigos fueron derrocados, tal como se hizo con el presidente libio Muammar al-Gadafi y como pretendió hacerse con el mandatario sirio Bashar al-Asad.

            Estados Unidos e Israel tenían la plena intención de derrocar al gobierno sirio. Por tanto, decidieron apoyar a los rebeldes. Por desgracia, la mayoría de éstos eran un remedo de Al Qaeda, cuando no estaban supeditados directamente a esta organización terrorista. Es decir, estadounidense e israelíes hacían geopolítica armando y financiando a grupos abiertamente terroristas, con tal de que combatieran a sus adversarios.

            Ante esta disyuntiva, el grupo libanés Hezbolá (‘Partido de Dios’), aliado de Irán y Siria, ingresó a la arena para combatir a los extremistas musulmanes. Rusia, se convirtió en la potencia que respaldó diplomática y militarmente a los sirios, y Siria se convirtió en el terreno donde se disputaban grandes intereses mundiales: por un lado, los grupos “rebeldes”, entre los que destacaban los abiertamente terroristas como el Estado Islámico de Irak y el Levante; por otro, Hezbolá y el gobierno sirio. A los primeros los apoyaba EE.UU. e Israel; a los segundos Rusia.

            Igual que Al Qaeda, el Estado Islámico de Irak y el Levante se convirtió en el pretexto perfecto para satanizar a mil millones de musulmanes. Se ha omitido en los medios quiénes financiaron y armaron a esta organización terrorista, que recientemente redujo su nombre simplemente a Estado Islámico.

            Edward Snowden, ex empleado de la CIA (Agencia Central de Inteligencia) y de la NSA (Agencia de Seguridad Nacional), personaje emblemático que destapó los secretos de la política exterior estadounidense, declaró recientemente que el líder del Estado Islámico, Abu Bakr Al Baghdadi, fue entrenado por los servicios de inteligencia yanquis e israelíes. Igual que Al Qaeda, el Estado Islámico atrae a todos los extremistas del mundo y brinda la oportunidad del “enemigo común” a las potencias occidentales.

            Paradójicamente, después de los hechos recientes, todos parecen combatir al Estado Islámico: Hezbolá y Siria, que desde siempre lo han hecho, y Estados Unidos, que hace poco bombardeó varias de sus posiciones. Mientras tanto, el mundo se olvida de la masacre de mujeres y niños palestinos a manos del Estado de Israel.

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