COLUMNA: COORDENADAS DEL PODER.

Oscar Guerra/Politólogo. Twitter: @scarguerra

Tal pareciera que tras el resultado de la acumulación de hechos de violencia en el territorio nacional en las últimas semanas, México fuera otro, pero no, desgraciadamente las cosas no han cambiado, la realidad de millones de mexicanos es la misma de años atrás; es decir, los niveles de pobreza, desigualdad, violencia, impunidad, corrupción y un largo etcétera, no han disminuido, por el contrario aumentan, desgarran y sangran a diario el tejido social.

Lo que sí ha cambiado de manera radical en las últimas semanas es la percepción. El gobierno federal había logrado en poco más de año y medio, vender bien la idea de un México en movimiento. De un país estancando a otro con reformas audaces, pero sobretodo con el reconocimiento internacional. Esta percepción de un México próspero sí ha cambiado y por el contrario, hoy ese país parece haberse esfumado.

La desaparición de 43 normalistas de Ayotzinapa, Guerrero, la ejecución de 15 y no 8 personas a manos del ejército en Tlatlaya en el estado de México –de acuerdo con los últimos datos de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos- son solamente dos botones de muestra que constatan que el país se está yendo de las manos al presidente Enrique Peña Nieto.

Ante terribles acontecimientos, ante un escenario sellado por la barbarie, ante eventos monstruosos y horripilantes que han conmocionado a propios y extraños, la clase política sale raspada, vilipendiada, humillada y rechazada, ante tal situación, nadie se salva.

Los miles de ciudadanos que han salido a las calles a exigir justicia en todas las entidades federativas, culpan del estado de cosas a los gobiernos de los tres niveles. Las voces que exigen un cambio de sistema político y económico, cada vez son más. México vive días aciagos, atraviesa momentos difíciles.

Hoy más que nunca existe una gran inconformidad, causada por la situación política, económica y social. Observamos cómo las protestas día a día van en aumento y si las autoridades no hacen nada –como hasta ahora- para dar respuestas puntuales a las exigencias ciudadanas, la situación del país podría tornarse aún más grave, de consecuencias impensables.

La clase política no ha estado a la altura de las circunstancias, por ejemplo, la reciente renuncia del gobernador de Guerrero, Ángel Aguirre, fue a destiempo, a regañadientes, a la fuerza y no un acto de sensatez, prudencia y consideración. Fue más bien –como siempre-, producto de un cálculo político, por cierto, mal calculado, porque este señor debió de presentar su renuncia al día siguiente del asesinato y desaparición de los estudiantes.

La crisis del Estado Mexicano es profunda, la solución es compleja y no se vislumbra en el corto plazo. Por lo que exige la participación activa de la ciudadanía. Hacer patentes nuestras razones y exigencia a tener un mejor futuro, a través de las distintas formas de protestas pacíficas, es una buena manera de empezar con la reconstrucción de la convivencia social.

Como sabemos, no es nada fácil, pero más vale intentarlo.

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