Gubidxa Guerrero

Durante marzo y abril (depende cómo se le haya ocurrido salir a la luna ese año) en buena parte del mundo recuerdan la muerte de un hombre que predicó en Palestina hace dos milenios. Dicen que siendo divino se volvió hombre para poder conversar, reír y dolerse como humano. Muchos han cuestionado las maravillas a él atribuidas; pero en mi tierra istmeña sabemos que todo cuanto refieren de este personaje fue verdad.

Acá también acontecen portentos. De cuando en cuando tenemos noticias de que en tal pueblo brotaron nutrias de una cueva de río, que de la mar surgió un animal feroz que devoraba gente, o que las piedras de cierta montaña hablaron. Los mismos zapotecas somos constancia viviente de que lo aparentemente fantasioso puede ser verídico. ¿Acaso no nacimos de las fieras, peñascos y de las raíces de los árboles? ¿No es nuestra estirpe ejemplo certero de lo asombroso?

En Semana Santa, que es cuando se recrea el sacrificio del Nazareno, se realiza en nuestros pueblos un pequeño ritual. Las mujeres adultas dan sendos cinchazos a sus pequeños hijos, con la esperanza de robustecerlos. Se dice que pegándoles en Sábado de Gloria al grito de “¡Cabani Señor!” [‘el Señor ha resucitado’], éstos tendrán un pronto y sano desarrollo. Cosa similar acontece en el campo, pues a los árboles que no dan los frutos esperados también se les pega con la intención de reanimarlos.

Hay quien critica estas prácticas tachándolas de supersticiosas, pero tratándose de cosas sobrenaturales, tan cierta es la multiplicación de los peces como la idea que tienen mis paisanos de que los niños se estirarán con sus buenos cuerazos.

Cuentan que en Cheguigo vivió Na Filomena. Ella, como toda buena juchiteca, deseaba tener hijos altos y fuertes. De sus cuatro muchachos, el más chico parecía no elevarse. Conforme pasaban los años el chamaco era rebasado por los de su edad, por lo que Na Mena decidió poner remedio de forma drástica: el Sábado de Gloria de un año bisiesto tundió tan fuerte al escuincle que éste no supo si fue coraje, o afecto, el que le mostró la madre. Sus gritos llegaron tan lejos que hasta el centro del pueblo se escucharon.

Pero a la mañana siguiente la señora descubrió su equivocación. Llena de espanto vio la turba de vecinos arremolinándose en derredor de la casa de tejavana. Curiosos, observaban los brazos y las piernas del niño rebasando puerta y ventanas. Como pudo, éste se acomodó para salir gateando de la casa. Al pararse, su espalda llegaba a la altura de las tejas, y con las manos hubiera podido cortar frutos de un árbol alto. Era un gigante.

Por eso dicen que no hay que pegarles tan duro a los hijos. Solamente lo necesario…

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